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El diseño es también las cosas que callamos

Aunque no solamos decirlo, diseñar no es nada fácil. Seguramente porque a muchos de nosotros nos enseñaron que el diseño industrial es un proceso mediante el cual debemos siempre encontrar las soluciones que necesitan nuestros clientes y ese SIEMPRE pesa mucho.

Para todos aquellos diseñadores que aprendimos a diseñar así, alejados de los estereotipos del arte y de la superficialidad de una solución inmediata y subjetiva, además de tener que asumir la incertidumbre intrínseca de todo proyecto y las limitaciones propias de una visión generalista, diseñar es un trabajo bastante duro que supone ser además, en la mayoría de los casos, una enorme preocupación.

Para este grupo de diseñadores, entre los que me incluyo, el proyecto se convierte en un espacio del que solo se sale con respuestas, esas respuestas que esperan los clientes y nosotros mismos. Todo, suele decirse, es posible.
No cabe dejar desierto el encargo así que iniciamos cada proyecto con la “certeza” impuesta de la existencia de una solución que, más que ser trazada claramente por nosotros mismos, al final parece que solo alcanzamos a descubrir. Es como si siempre hubiera estado ahí agazapada esperando ser cazada.
De esta manera, no sintiéndonos dueños completamente de los resultados, volcamos todo nuestro esfuerzo y nuestras esperanzas en el proceso metodológico que ha de llevarnos a ellos. Por lo menos esto es algo sobre lo que tenemos pleno control y con lo que podemos dibujar nítidamente las rutas. Ese es nuestro auténtico papel como diseñadores: saber cómo recorrer caminos y, por supuesto, recorrerlos.

Decir que el diseño es, para muchos de nosotros, una enorme preocupación vende muy poco y no tiene apenas encaje dentro de la idílica imagen que se proyecta de nuestro sector. Es más, a muchos les sorprenderá que alguien admita aquí cierto sufrimiento a la hora de proyectar. Nada de extrañar si tenemos en cuenta que el diseño es un sector que, también conviene decirlo, nunca ha gozado precisamente de la sinceridad suficiente como para admitir la realidad de sus profesionales; sus anhelos, sus angustias y sus miedos.

Pero la realidad es la que es y es la que vivimos. A muchos diseñadores nos preocupa enormemente el trabajo que tenemos habitualmente entre las manos. En el diseño, y por extensión en los diseñadores, los clientes depositan sus recursos y sus ilusiones sencillamente porque no dudan que lograremos siempre los resultados que esperan. Y ese siempre, vuelvo a reiterar, pesa mucho en el ámbito del proyecto.
De momento logramos descubrir esas soluciones a golpe de método pero siempre nos invade la pregunta de: ¿hasta cuando?...

Es así, diseñar es un trabajo duro que está lleno de esos “siempres” y de otras muchas cosas que nos angustian aunque muy pocos lo pregonemos. ¿No será que algunos callan porque esperan estar equivocados y siguen adelante engañados por el espejismo de poder traspasar la línea que los separa de ese escenario en el que los diseñadores, convertidos en superestrellas, siempre tienen lista una sonrisa perfecta para la foto?, pero ¿existirá ese diseñador feliz o diseñar es siempre un camino árido?
Creo que no lo sabremos realmente mientras los diseñadores no expresemos abiertamente nuestros sentimientos profesionales más íntimos y los que hablan por nosotros habitualmente -como colectivo- sigan haciéndolo desde una órbita tan alejada de la realidad.

Sería todo un ejercicio de purga airear con más frecuencia nuestras almas y compartir nuestras emociones profesionales de forma pública. Yo ya he empezado.
Muchos son los que piden que alcemos la voz pero en realidad a nuestro sector no le hace falta elevar el tono sino más bien dejar salir las palabras desde lo más profundo de nosotros mismos como diseñadores.

Febrero de 2016